Un
paseo por la Semana Santa y el cronista judío Salomoh ben Torrutiel.
Durante
los días de Semana Santa hemos asistido a auténticos espectáculos de fervor
religioso y de vistosidad. Las procesiones religiosas son antiquísimas, tanto
como hoy tiene de espectáculo atractivo para la gente y colorista para los
turistas que nos visitan. En tiempos de descreimiento como los nuestros, es
dudoso que muchos de los que asisten a las procesiones sean fervorosos
creyentes.
Si el Concilio de Trento (se celebró durante la segunda mitad del siglo XVI) estimuló
cuanto pudo la procesión de los santos, con vistas a reforzar el fervor de los
fieles al Catolicismo y conjurar cualquier tentación de herejía; los hombres
cultos del racionalista siglo XVIII no vieron con buenos ojos unas
manifestaciones tan sonoras y poco íntimas de religiosidad; pero no pudieron
con las procesiones de la Semana Santa. Los tiempos actuales, tan recios,
quizás tienen también como derivación un estímulo de la creencia a través del
procesionalismo. No lo sé; pero como vivimos en medio de una potente
transformación social, el vértigo y la inseguridad que nos crean estos
problemas, quizás nos conducen a volver a las viejas seguridades de nuestros
antepasados.
En el pasado medieval, la Pascua estaba
marcada no sólo por el rito de las procesiones, sino también por el ejercicio
de la violencia contra las minorías, en particular contra los judíos. Los
judíos que eran vistos por cristianos eran asesinados; las juderías eran
apedreadas; los muros, derribados. En el fondo existían una serie de
estereotipos que se rememoraban cada Semana Santa: al fin y al cabo, Cristo
había sido llevado a la cruz por los judíos; ellos eran los responsables de la
muerte del Salvador. Luego venían otra serie de acusaciones inventadas, claro está: envenenar los manantiales, sacrificar a niños cristianos, etc.
En 1492, Abraham ben Salomoh de
Torrutiel sale para el exilio y empieza a escribir un libro en el norte de
África que termina en 1510. Se trata del Sefer
ha-Qabbalah, que recoge la tradición judía. Torrutiel entiende las
relaciones entre cristianos y judíos de un modo diferente, por más que no
desconozca y recuerde los momentos de violencia sangrienta de los creyentes
cristianos sobre su comunidad minoritaria.
Pero Torrutiel es capaz de desarrollar
un breve discurso integracionista de las dos comunidades, uniéndolas casi en
una sola. Como si las dos se necesitasen. Torrutiel empieza un capítulo sobre las
vicisitudes que sufren los judíos hispánicos relatando el deseo de Fernando I
de trasladar los restos de san Isidoro desde Sevilla a León en el siglo XI, y
además utiliza el relato sobre las intenciones del rey para relatar una leyenda
sobre la destrucción de Jerusalén.
Según Torrutiel, el padre de san
Isidoro acompañó al emperador romano Tito a Jerusalén en representación del rey
de Sevilla. A lo largo del saqueo y destrucción de la ciudad, el padre de san
Isidoro descubrió a un viejo que estaba leyendo en su casa. Al entablar
conversación con él, el viejo le dijo que él mismo había previsto hacía mucho
tiempo la destrucción de la ciudad, por lo que había llenado su casa de libros
importantes para salvarlos de la destrucción.
Maravillado por tanta sabiduría, el
padre del santo se lleva al viejo a Sevilla para que eduque a su hijo. En otras
palabras, para Abraham Torrutiel la erudición y el profetismo judío educan a
uno de los fundadores de la cultura cristiana; san Isidoro. Cristianos y judíos
son dotados así de una base histórica común, para reconocer la escasez de sus
diferencias. A la vista está que los inquisidores que funcionaron en España
desde el decreto de 1478 no pensaron así. Que se lo digan si no al
archicriminal Lucero, que masacró a los sevillanos, o al no menos deleznable
Antonio del Corro que sembró el terror en la Cuenca de los años 1510.
El comentario de Torrutiel era
evidentemente algo marcadamente minoritario, porque la voluntad de los Reyes Católicos había
impuesto una única salida para los judíos: conversión o exilio. La familia de
Abraham optó por el exilio, una medida radical que rompía con una tradición
milenaria. Las acciones antijudaicas de la Semana Santa golpeaban y mataban,
incluso a veces no acababan en derramamiento de sangre, pero expresaban la
posición en la que se encontraba el judaísmo hispánico frente a la mayoría
cristiana. La voluntad integracionista de Torrutiel era loable pero inútil. La ausencia de
judaísmo oficial en España a partir del siglo XVI canalizó la evolución de la Semana Santa hacia la
confesionalización profunda de la sociedad, en una rememoración permanente de
la muerte y resurrección de Jesús.
En nuestros días, los telediarios y las
cadenas, incluso las que hacen profesión de fe izquierdista y laica, se recrean
en los avatares de la Semana Santa, de las cofradía y los costaleros, del
tiempo para ver si favorecerá la salida o no de los pasos. Y ofreciendo datos
sobre ocupación hotelera y evolución de los negocios. ¿Un nuevo renacimiento del culto cristiano en su vertiente más tradicional?
Los Ruices, 15 de abril de 2012